Escritas

Empacó un puñado de tierra y vació el pueblo de sí.
De su universo cambiado, de su traje sin puntadas aferrado a la baranda.
Asimétrico e incendiado grita y tose. Dedica su vida a intentar comprender.
Una vez ignorado todo decide. Vuelca su vaso el distracto antebrazo.

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Como dijo la bugambilia: El día del ficus

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Fuera del cuadro un vecino se descubre tocayo de mi perro.
Tocayo de nombre y de apodo precisa su mujer.
Se llama Domingo y también le dicen Cabezón. Ambos ríen.
Fuera del cuadro ambos ríen.

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Un hombre negro se cruza en el camino de un gato.

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A veces en el horizonte aparecen unas líneas pardas que parecen ser tierra.
Pero en la medida en que se acercan su color cambia.
Y cuando ya debiera estar a punto de alcanzarlas
su color no es otro que el de todo el océano.

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En el reverso de este guante que llenamos,
en la escalera desierta que escucha y cuenta los pasos del elevador.
Bajo una luz que únicamente puede ser la de esta hora simple, la de los amigos ausentes, la del raudal de gaviotas risueñas y su sombra sobre nosotros, disparando esta vida sin blanco, anega el río y la vertiente.
El cataclismo silba su melodía que nace, su solfeo a la sombra.
En las afueras de este instrumento de mecánica compleja, cuajado de sal,
nos contempla el paisaje.

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– mamá puedo subir?
– a fiesbuc?
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Aprovechó la hora en que todos escrutan su propio cielo, la hora rosa, y huyó del paraíso con hambre de hiena, con espanto de res.
Atravesó la estepa agazapado y jadeante. Perdió la cuenta de sus pasos y el mapa que lo llevaría al cruce. Divisó animales, absorto contempló los pájaros innumerables bajo ese nuevo cielo. Rió de rodillas, a veces tan cerca el pasado, silbó su canción de niño y se alejó de a poco, como los amigos en las fotos, como las sirenas y el espejismo dorado a sus espaldas.

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El número que vacila
la paz a deshoras
un oso bipolar.
Díaz y Flores andan juntos en terreno.
Enséñame a besar y escupe mi diente,
el bruto producto interno
todo lo que un árbol no puede ser
archiva las imágenes de mi último cuerpo
be your selfie
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Como aferrada a las maletas, como teñida en las chaquetas,
la distancia latente entre las personas en un aeropuerto persevera, se mantiene.
Cual dérmico velo se instala, como un magnetismo invertido,
como un adiós que abole el saludo.
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Es así que ha habido de ir el Pinacotecus por el camino,
con paquidermo afán entre escurridizas visiones como ardillas abisales
hospedadas no en las cosas, sino en el espacio entre ellas y no siempre,
o al menos eso le ha parecido al Pinacotecus.
Son docenas, pero lento y encandilado el Pinacotecus solo las ve de vez en cuando,
escapando siempre, divirtiéndose con él.
Hasta que un día de clima sin pronóstico y pronóstico sin clima una tropieza en su pie,
aturdida retoma el brinco, pero el Pinacotecus la ha capturado y su destino es doloroso y fatal.
Es entonces que el juego deja de serlo, es entonces que comienza el drama.
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Mi alterego me imita,
qué se habrá imaginado.
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Desadoquinado encontré el camino camino a tu casa.
Reprobaste mi tardanza y mis zapatos empolvados,
no quisiste escuchar mi defensa basada en un traspié inventado
y en el desadoquinado.
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Regazo amargo embiste la inmediata lejanía del poema
Pierde el óseo referente, roe convulso el verso ajeno irrevocable,
excelso plagiador decorado en la tardanza llora en un cuarto de la casa vacía.
Obedece la dermis a un solo conocido esqueleto,
siameses gendarmes descosen de nuevo la unión del uniforme,
rompe la noche en un estrépito de fallas.
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Que las madres nos defiendan hasta el final!
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Trazado y menudo capea la razón y sus demandas.
Luce como el novio pobre en boda de ricos suspicaces,
compra con monedas que cuenta tres veces
guarda sin mirar el vuelto en el bolsillo de su pantalón de féretro, o de notario.
Camina y en las fachadas repasa de la risa a la peste.
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Coinciden en mi letra un lápiz y su alargada sombra de alba. Coincide también en ella un hombre.
La  selva observa y es su ojo de agua el que rebalsa las cuencas, enjambra la marea, revela el calor y los émbolos. Cifrada se alza su voz de muerte en las orillas. Volveré y seré millones en el ojo de la mosca que camina mi carne.
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Llega a mi sangre negra y silente. Avisa su arribo con viento de trenes.
Lanza y se abren con estrépito de linos sus colores contra el sol cansado.
Vigila la parka en su silla. Corta cuadrados de papel y reparte venias
en la entrada del baño y de la noche.
Bailamos.
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En el juego del decapitado se ha de ser de filos y madera honda.
En el juego del colgado se ha de ser de gravedad y soga.
En el tráfago de la colmena la reina está sola.
Trabaja a oscuras como el corazón dentro del pecho
y con bestial encono modela y lastra.
En el juego de la lanceta se ha de remover el cuerpo
el temblor en el corazón, el infarto en la mano.
En los resuellos del cicuto fuelle se llamará a la suerte.
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Juntas en suma las fracturas, las masas, la dermis y el fragor,
las muescas que reclaman ser letras,
letras que se pronuncian en su propia suma.
Al enterarse el oficial ha dejado de un salto ventanal el mullido cocktail,
empuña una servilleta en la siniestra, adelanta sus carnes y clama sin ecos por su sangre y el vaho.
Todo se ha vuelto inflamable y yo porto en esta faja que me está matando bombas de fósforo, armas de metal denso y mi desesperanza es mucho peor que mi pecado.
Tañe el badajo en el pasillo en que agonizan los mariscos y vuelve furiosa la flor del percoladero a la ínfima totalidad de su belleza contestataria y muda.
Un rápido asalto en un local de comida violenta.
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Clama mi mano por su cuello simple. Rompe su timbre mi memoria de ciego.
La casa está llena de extraños, los muebles son otros, la dicha y el amor no son los nuestros.
Pita el maquinista, bosteza el inspector. En nuestro asiento hay un anciano, no está la canasta ni las flores. Requiem de clavículas para una mujer con nube.
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Liberados todos lo animales.
Endogamia gerencial en las factorías desiertas.
Mezcla sustractiva en el subterráneo de la primavera.
Las primeras gotas sobre la ciudad del utópata.
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Alguien se ha peado en el ascensor y tu subes.
Recién he comido medio kilo de aceitunas negras y te sonrío.
Bajamos por el vientre del edificio en silencio,
envueltos en los gases de mi vecino anónimo.
Me preocupa que lo nuestro ya sea algo serio.
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En la mesa del lado una pareja rompe. Ella llora, él paga.
Dejan la mesa y un postre intocado.
Seré yo el llamado por la dulzura de antaño?
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De nuestro servicio de utilidad pública, se necesita con urgencia:
dos agitadores de sangre con baterías,
un hada insulsa,
una calle sin saliva,
lo que de tu cuerpo no se ve en la ecografía,
el sitio erial de la niñez.
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Hay cosas que no pueden ser escritas aquí. Ni menos leídas.
Hay cosas que no pueden ser expuestas a esta luz y sin factor.
Cosas que solo se conciben escondidas en un cuaderno o en el pliegue insondable de un libro. Letras impresas en tinta y que en su suma construyen palabras, que a su vez y en su propia suma construyen frases que no pueden ser escritas aquí, porque necesitan la embriaguez de amoniacos de una página olvidada, necesitan la improbable visita, la oscuridad que preserva, que admite lo impúdico, que se aleja a cada segundo.
21/03/14
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Bocinera. La  savia negra de la máquina en el suelo, el silencio a poco de la combustión.
Apagó sus luces, se enfrió sin apuro, pinchó por última vez.
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Viento y risa en la patria de la infancia, chocolate en la bandera y lo que era una fumada nos acompañó hasta la muerte. Hierba y amigos en el camino te presagio, noches y luz de postes y alambrada para el amor te deseo.
Olvida ahora mismo a tu amante, cuaja mi arresto, golpea con fuerza el eje y que mi cama ahora coincida con la tuya, que llueva por igual sobre los dos al mismo tiempo y guarecidos bajo el mismo paraguas.
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Despierto tarde y extrañado cuando soñaba con una caravana de nanas en el desierto. Todas en delantales blancos, con plumeros y paños naranjas, desoladoramente desocupadas más que sedientas o extraviadas.
19/05/14, Barfleur, Francia
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Aquí vamos madre los abrazados por tu ira, los expulsados del volcán, los feroces hijos de la oruga gestados en el rocío, los tercos muebles del ser. Los que hicimos del tiempo una barca alada sin remeros ni tambor, los niños sucios, todos los santos con lágrimas de tinta cantando un tema radial, con toda la sangre dentro, sumados no sin resta bajo esta luz que inventa cada mañana y sin respiro, nuevamente las cosas.
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Un fracaso resuelto, una novia triste, un auto gol, un cómico irresoluto, una madrastra ausente, un paco rubio, un claustro aireado, una melancólica bestia, un cartero acusado de vagancia, una salsa de patadas, un paciente con prisa, una ceremonia y un vestido  incómodos, un enano lanzado, un vecino igual a mi mascota, sal en la comisura, este vicario lumbago
París, 20 de julio 2014
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Espero que este resfrío no se vuelva viral.
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