Escritas

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Desde que supo que se acabaría el agua construye pequeños diques. Solo por llevar la contra. Emana de su cuerpo el olor de la linaza, salen de su boca palabras nuevas. 
Dice estar quedando sordo, dice estar quedando ciego. Se le ve contento.

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Partió con euforia de cenizas que suben.
Al séptimo día llovió sobre el valle un silencio animal.
En el sur un hombre soñaba con él y su partida.

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Iluminó la noche con la luz del refrigerador. Apocalypsis yesterday.
Sospechas sobre el nochero, cansancio en diet.

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Revisa sus tapias, leva puentes, tranca trancas el conserje de la ruina. 
Odoriza la cabina, escoge los colores, horna el kich la barrida, la ortopédica terca virgen.
Allana el sol las carnes, patenta la humedad.
No llega el rosa carne hasta el centro de la burbuja?
Eso no se pregunta?

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Pagó con la vida morir cantando.
Guardó la llave bajo llave y puso la vista en el horizonte.
En un charco de su propia sangre ríe con estrépito de loco.
La turba lo contempla atónita, le ladran los quiltros,
ni los pacos se le acercan, empieza a llover.
Guardó la llave bajo llave y pagó con la vida morir cantando.

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“Todo mi entorno será bello y seguro, el vidrio de mis anteojos y luego el del parabrisas se interpondrán entre mi mirada y los perros”

(la hermanastra en: “La Cáfila”)

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El Solidario Solitario

Las aventuras de un superhéroe cuyo único superpoder consiste en una enorme capacidad de solidarizar con su prójimo y que, sin embargo, no puede ejercer porque está casi siempre solo.

El Solidario Solitario abandona sólo de vez en cuando su departamento de un ambiente en el Centro de la ciudad. A veces lo hace únicamente para ponerse al día sobre cómo se relacionan las personas en la calle.

Sale y cierra sin llave porque sabe que volverá pronto. Llama al ascensor. Conoce con exactitud todos los sonidos que hará la caja metálica cuya puerta se cierra en el primer piso, sube y se vuelve a abrir delante suyo en el séptimo. Esta vez hay una persona dentro que lo mira. Es un hombre fornido que ha visto otras veces, un vecino. Usa jardinera de bluyín y cree haberlo escuchado hablar con un acento. Cubano?

El Solidario Solitario entra y suelta un “buenas” con una mirada cortada, no recibe nada de vuelta. La puerta se cierra y bajan en completo silencio. El trayecto es breve, una zona estéril que lo adormece, ninguna conversación podría incubarse en ese espacio y en ese tiempo tan pequeños ambos, al menos eso piensa el Solidario Solitario. Se abre la puerta en el primer piso, le cede la pasada al vecino cubano. Salen a la calle y el tipo que parecía un moai en el ascensor, se transforma de golpe en un personaje sonriente, cálido, afable. Se palmotea con el conserje, hacen chistes sobre algo que solo ellos comprenden. El Moai cubano cruza la calle y un taxi le toca la bocina dos veces cortas a lo que él responde con un brazo en alto y la V de la victoria.

El Solidario Solitario camina por la plaza que está justo delante de su edificio. Hay un sol tibio. Los liceanos sentados en círculos rituales fuman pitos en el pasto. Las personas pasean perros con chalecos, los perros con chalecos juegan con quiltros sin chalecos. El Solidario solitario observa que en general él va bastante más abrigado que el resto. Nadie lleva bufanda, se la saca de a poco. Nadie lleva chaqueta, se la abre.

Al día siguiente decide que el problema es su atuendo. No hay nada en él que revele su condición de superhéroe. Cruza por su cabeza la idea de ponerse un short sobre los pantalones, la desecha de inmediato.

En la parte de arriba del closet encuentra una sábana que antes era blanca y una toalla que antes era azul. La sábana es demasiado larga. La toalla demasiado corta, se decide por la toalla, más sobrio piensa. Se la amarra al cuello no sin dificultad, apenas le cruza y el nudo le presiona la nuez. Se para erguido, su capa no supera la mitad de la espalda y sin darse tiempo para el arrepentimiento sale a la calle.

Esta vez en el ascensor no va nadie y tiene tiempo de mirarse en el espejo de cuerpo entero. Piensa en quitarse la toalla, pero ya es tarde, se abre la puerta en el primero. Saluda de reojo al conserje, sin duda ha notado su capa, puede sentir su mirada en los hombros. Camina por la plaza con la cabeza baja, siente vergüenza y apura el paso como si tuviera un destino y estuviera atrasado. El nudo de la toalla lo asfixia, cree escuchar un zumbido de comentarios a su paso. De improviso en el suelo un durazno. Demasiado limpio para estar ahí, perfectamente comestible. Levanta la vista y una mujer en cuclillas intenta devolver a su bolsa rota varias frutas repartidas por el suelo. Es una misión para el Solidario Solitario piensa. Toma el durazno que ha rodado hasta su pie y se acerca a la mujer. Gracias dice ella sin mirarlo siquiera, él también se encuclilla e intenta rescatar las frutas, pero es inútil, a medida que unas entran a la bolsa otras vuelven a caer, la mujer no logra levantarse sin que sigan cayendo al suelo. El Solidario Solitario como por reflejo se pone de pie. Por primera vez ella, desde su posición lo mira. Él se lleva la mano al cuello y desata su capa, se la quita con ademán de torero y la estira en el suelo. Juntos y con una calma nueva ponen las frutas sobre la toalla que antes era azul. Cuando ya están todas El Solidario Solitario la cierra con un nudo que une las cuatro puntas. Ambos se ponen de pie y por primera vez comparan sus alturas. Él le entrega el bulto. -¿Y su toalla?- Pregunta ella. -No se preocupe- contesta él, con una voz que le parece completamente desconocida. Ella le ofrece el durazno que todavía tiene en la mano.

El Solidario Solitario lo recibe con una sonrisa y eleva el vuelo entre el follaje y unas nubes bajas.

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Sentir de nuevo tu mirada en mi forma a través de la sábana, jugosa rumia hilarante desbocada enfoca. La hombría es un asunto que ha de encomendársele a un niño en el deslinde flácido. Enunciado negro, impuesto impago.

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Se dejó crecer una barba hirsuta, cana. Se volvió indiferente y pasivo frente a las mujeres y se entregó absorto y devoto a las más exentas nimiedades del día. Dejó de bailar, al menos en público, no obstante desde la penumbra de la sala dedicó las fiestas a la contemplación exclusiva de todos los que bailaban. Pintó la casa por dentro cada temporada y sacudió periódicamente el polvo de oro decantado sobre la abolida grada. Todo desde que aquel portazo, más que su partida, le diera de lleno en la dentadura del alma.

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Adoptar perros por una noche, caminar, sentarnos a mirar el incendio.

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Bajo un skyline aterrador detendré las balas con el blindaje de este verso.
Y luego postularé y postularé hasta tocar fondart y cuando lo haya conseguido tiraremos tu y yo con música chula, tu cara en la carátula, mi mano en la manilla.

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Me mareo. Me levanto y me mareo, el mobiliario no llega a moverse a mi alrededor, pero al fijar con la vista una cosa y cambiar a otra, la llegada es un poco lenta, en pequeños tramos que finalmente se reagrupan. 
Fui al otorrino, que resultó ser una otorrina (otorrino suena a animal pariente del Tejón, otorrina a enfermedad rectal). Me miró dentro del oído con una linternita. Me hizo pararme con los brazos hacia delante, la cabeza hacia atrás, cerrar los ojos y decir los meses del año al revés. Esta parte no fue nada fácil, tuve que preguntarle si empezaba desde diciembre solo para ganar tiempo y reordenar los meses en mi cabeza. Dijo que estaba todo bien, que lo mío era un síndrome muy habitual hoy día, una enfermedad moderna. Esto último me hizo sentir bien, joven incluso.

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El protagonista de la novela se ha colgado frente a su pintura y uno a uno los amigos se han fugado del cortejo. Dónde nuestra patria se erigirá de nuevo? En qué mesa volveremos a ser nobles hasta los codos?, en qué otra cocina nuestro amor brotará como un fauno y desafiaremos al edificio en su altura y a la cama en sus patas?, quién heredará mis clavos?.

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Sobre el regazo de una abuela decapitada por una foto rota sonríe un niño mirando al fotógrafo. Nunca supo amar. Ni nadar. El fotógrafo. El niño tampoco. Nadar.

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Puede ser que el soporte cuadrado y la composición centrada sean producto de que la pintura se ha vuelto urgente. Como casi todo. Ponerse a descifrar una perspectiva o un medio tono es una tarea de  quehaceres pretéritos, épocas en que se caminaba varias horas al día y se estaba otras cuatro en completo silencio viendo cambiar la sombra del cerco sobre  los aperos de la burra. Y digo burra, para no entrar en hostilidades genitales a esta hora de la noche.

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He aquí de nuevo el abismo, el acero en el cielo.
Clama sin borde, patenta la humedad.

Hermética conquista de toses, centímetros cuadrados.
Lo servido, el servicio, la servidumbre, la servilleta.

Todos los perros ignoran lo mismo incluso a la hora de volar

Se incendia un ala en mi sueño sentado.
Despierto sereno en la incómoda antesala.
Absuelto ha sido, turbulencia en la celda
se quiebra sin ruido en dos partes parecidas
agoniza el capitán.

Cernudo cavila,
ciego en la memoria repasa los colores
como el  corazón palpita a oscuras dentro del pecho.

Rémula la sin crianza castra copiosa
brea la barca y parte una noche alzada.

De la madera pende crispado el cristo
de la madera salta de la crepitación a la noche.

Rosados se rozan.
En el botón de una copa un concho de vino seco accede.
Costra que recoge y sala la sala.

La encía descubre el diente debuta el dolor.
Raquel rumia sin ser una vaca

confirmation code: KORAGM

Embolia de nube, traste aéreo vence los nudos.
Silvia Silva sin ser un pájaro

De nuevo nace Renato: hidráulica del suertudo.

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“Le estoy hablando a la planta querida, no al perro, no estoy loco.”

(El Contador en “Toma el Dinero y Cuéntalo”)

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El teléfono no suena en todo el día en varios días y cuando finalmente lo hace son números desconocidos a los que vacila en contestar. Tapando el auricular lo hace en silencio. Al otro lado escucha voces robóticas con tono edulcorado, una de ellas, la más cercana, le llama por su nombre anteponiendo un don. Movido por un instinto de consumidor cuelga. Se queda de pie mirando el aparato mudo sobre la mesa. Vuelve a sonar. De nuevo es un número desconocido, pero parece que no es el mismo de antes. Lo examina en busca de factores comunes con el número anterior, no está seguro. ¿Es que acaso esa mujer, porque era una voz femenina, se cambia de teléfono para despistarlo y lograr que conteste y decirle aquello por lo que él volverá a tener que darle su dinero?. O peor que eso, quedárselo debiendo?. Contesta. La voz, ya menos edulcorada, le dice después de un largo preámbulo del que no retiene ni una sola idea: “por su seguridad esta llamada podría ser grabada”. Podría?,… va a ser o no grabada?, porque si es grabada tendrá que al menos no decir estupideces ni parecer poco apto. Vuelve a colgar. Decide no volver a contestar números desconocidos. El problema es que el teléfono vuelve a sonar, y si no es la mujer obesa?, porque tiene que serlo, obesa, su timbre jadeante la delata, y si no es ella sino la esperada llamada de la suerte?, porque la llamada de la suerte tiene que ser necesariamente un número desconocido, contesta.

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Ha llegado la hora del último dibujo
y las cosas han estado donde mismo llegada esta hora.
El dentista se empeña en el blanqueo y la cena han sido vino tinto y aceitunas negras.
Incendiado y listo planeo los momentos de nuestra unión de caracoles fugados.
Calculo la coincidencia, trazo cada trozo, no olvido tu lunar.
Ha llegado la hora del último dibujo.

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Hidráulicas tus clavículas retienen el agua y el champú. Ignífugas tus estaciones desatan el amor y el saqueo. Enmudece el estallido el grito del que azulado nace y la luz del fuego a través de la placenta es su luz primera. Detonan las salvas y las verdaderas, música para betonera.

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En el tráfago de la colmena la reina está sola. Trabaja a oscuras como el corazón dentro del pecho, con dulce encono modela y lastra.

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La señora de los perros, el barbudo gentil, la bella bicicletera adusta, don Marcial, el compañero Iván, la señora Canela, Don Antonio, la pareja que me detesta, el pasta de los chinos, Joan, el cojito del poodle, la michel, el Transantiago, los gringos y yo, somos una familia.

12-3-13

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En el centro del durazno yace una almendra amarga, amarga en su mortaja de azúcar.

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La plaza está en calma en el centro del otoño. Dense por engañados, sus hijos son devorados y su sangre desdeñada. La marea en el trigo no encuentra náufragos, La bestia remite el espanto de desterrar ese amor.

Sept 2015.

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El árbol de la caracola vivió un día en el mar. El viento fueron las corrientes y los pájaros los peces. Una noche el mar partió. Madrugador y silente olvidó una caracola dormida.En ella han anidado una Tagua y un Tordo negro como el Maqui.La caracola y el viento en su nueva altura esayan la voz del barco, porque el mar ha de volver y ella canta para que no la olvide.

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A razón de péndulo y náutica precisión me pierdo. Sin consejo y sin espónsor, contra el viento y la pared me pierdo. Por seguir al guía turístico, en un salto temerario, remolcado yo me pierdo. Esa tarde tú nombrándome sin guitarra en un acuerde, expulsado del volcán, tumbado y cubierto de insectos yo me pierdo. Sobrepájaros como adjetivo, tentado por el filamento, en tres cuotas ardiendo los dos, piropeado, reversible yo me pierdo.

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“Y recordé esas pantuflas grises que me tejiera Hilda cuando no tenía porqué, mientras miraba alejarse corriente arriba mi segundo remo.”

(Günter en “Por Si Me Pierdo En Un Faldeo” (1956)

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Lejos de opacarse resplandeció. Surgió de ella una voz inaugural, cargada de palabras simples y exactas, de amor sin bromas, de muerte sin flores. Se paró del sillón a la velocidad de un barco o de un sauce y regó la sala con una mirada húmeda, conífera.    De dos zancadas sonoras sobre la madera ya estaba en el dintel y no se volvió siquiera para soltarnos un – tropa de vagos!-“

(La Yona en “Asido a un Tablón con Choros”)

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Con este calor no termina nunca uno de emborracharse. Habría que tomar como mexicano para ganarle al desagüe de las axilas, las bolas y la espalda por las que derrocho mi intemperancia.

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Mece la cuna hasta mucho después de verle ceder al sueño. Encorvado en la penumbra una plegaria sin forma para esa niña masculla, pide en ella perdón por haber llegado tan cansado a su vida. Nada se exime en la hora del decreto y la mortaja será urdida hasta que ya no haya luz sobre las cosas.

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La decadencia del imperio no se hace patente en los números. Se deja ver lastimera en el tono de su discurso y no en lo que su discurso dice, sino en su énfasis, en el alcance de su épica, en como renguea el rebalse cansado de su gloria. Es la música de una fiesta en que a los bailarines los ha abandonado el deseo.

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Me cita en la azotea de su edificio contra el sol y el tiempo perdidos. Su voz llega hasta mí en la distorsión celeste del agua en la piscina. Su imagen vacila tras la veladura del viento este verano en los epílogos. No la oigo, pero sé que lo que me dice es solo el ensayo de su timbre y del mío rodando engranados. Se funden tan bien nuestras cuerdas, nuestras cuencas, el dolor postergado de esta página.

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Y golpea el piano y entreabre los ojos y divisa los cuerpos exaltados muy cerca y vuelve a cerrarlos y está de nuevo solo y corre por un sendero de tierra ronca rumbo a casa y la canción se acaba y en un acuerde menor pierde el aire, el miedo, su segundo remo.

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La rendición no habita bajo las balas.
La rendición frecuenta los anaqueles, los tableros de ajedrez, los pianos.
En la trinchera se cuece un barro hecho de rodillas. En el campo de batalla se enjugan los cuerpos y las madres rotas. La mullida promesa del paraíso tropieza con el incendio, confundidas las trompetas oxidan el bronce y una manzana impaciente.
Entre el vapor y los cuarzos ascienden con desgano unos ángeles pardos, malhumorado Belcebú apaga a gritos el fuego.

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En unas salas trémulas se asiste sin aromas a unas vidas de otros.
En unos países tras unos océanos lejos de estas trémulas salas, otros calientan agua.
Con esa sal que bendice el cemento calla. Fragua la sangre del tigre, del santo y de un ave secreta.

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En esta corteza muda alguien ha escrito con muescas. Signos como letras conservan apenas el gesto tras el sismo y el fuego. Y ahora en la ínfima tormenta reclaman su dicho. Y ahora en la atmósfera tibia dicen acaso mi nombre? Leo, quiebro, mastico y trago estas palabras. Palabras que son heridas como las marcas en los animales, palabras que se mezclan y funden en mi boca urdiendo un vocablo nuevo que se ensaya una vez y desaparece sin eco en mi tracto y mi vientre. Algo se ha dicho en su descenso y su memoria que mengua como toda memoria es ahora mi verso, mi canto y mi alimento.

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Una pareja discute acalorada en el salón mientras sobre sus cabeza se balancea una lámpara de lágrimas. Están de pie, hay una silla volcada y un niño espera para decir algo con la bocina del teléfono cubierta entre las manos.

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En el cielo de la prisión alguien ha escrito con pasta de zapatos o algo:“Una manzana tiene el tamaño del hambre del hombre.”
Carmen es sorprendida en su camarote con el Oficial de Puente y huye desnuda por el barco como la musa en la tragedia.
Caducan ahora todas las enfermedades, queda abolido el dolor, caminamos pensativos y humeantes hacia una nueva tierra.

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Abona el fuego, alimenta el pasto, asciende invisible, arde como un labio,
como susurrada en la brisa una verdad arde.

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Mi imagen se empecina pero desaparezco sin remedio.

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Una mujer mayor ha llegado hasta mi trastienda. Lo primero que ha hecho es enseñarme su audífono. Le he contestado con un gesto haciéndole saber de mi mutismo voluntario.
Hemos compartido en el recreo de nuestras mutuas falencias.
Nada dijimos, nada se ha quedado por ser dicho.

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En las aulas frente a los alumnos necesitamos personas que hayan despuntado noches en búsqueda de lugares que no se sabe siquiera si existen. Profes cuyas salas parezcan a ellos mismos, que carguen el mismo aceite de tanto rondar sus muros, de tanto descifrar la madera, de tanto llevarse las manos a la cabeza.

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Ya revisadas han sido las fotos y otra vez el jorobado ha ganado el casting.
Se dejan ver soterrados forcejeos, el jurado está dividido, tensión en la sala, una mariposa en su luz lo ha ungido, no ha cabido otro argumento, es el mandato del bellaco, el despótico fraguador de todo lo bello. Cantarás todavía?

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Una herida de luz en la corteza fiera. Un estrépito de fallas, una patada en la ingle sin pelota. Un fracaso resuelto, una novia triste, un auto gol, un cómico irresoluto,
una madrastra ausente, un paco rubio, un claustro recién aireado, una melancólica bestia, un recuerdo vago, una salsa de patadas, un amor, un muy bien vestido cadáver.

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La aspiradora de mi vecina trabaja todos los días a la misma hora desde hace seis años. Entiendo que para una aspiradora ese régimen puede ser el equivalente a la excelencia, a la máxima realización, realización como electrodoméstico digamos. Pero y mi vecina?, no aspirará ella a otra cosa?.

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La maleta de Bárbara tiene un cuero increíble.

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Un zorzal le roba en el balcón la comida a mi perro. Pellet tras pellet burla sistemático la somnolienta, la dulce guardia. Corta óptimo el aire su filo,  ahorra energías incluso en la huída y desaparece cada vez en un altivo destello.

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En el reino de la abundancia no hay viento para el molino
y la tabla de planchar no tiene plancha.

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Celaje.

En tu dominio arrastro mis pieles y escondo mi hueso.
Bajo tu sombra crece un pasto extraño.
En tu recuerdo entro pálido y vacilante.
Tu ballesta y tu mangual se enfrían en el altillo.

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Estos colores son el pasado que convierte mi sustancia, son la vejez de todo lo naciente, son el eco heráldico en la madera de los martillos. Estos colores son el valor minúsculo de la savia ascendente, son el calor de Aragó, los golpes en la puerta de la casa vacía, la derrota de mis dientes a manos de mi acidez. Estos colores son el recuerdo del amor en mitad de la batalla y desde la ventana del avión un estrellado huevo de lava.               Estos colores son también mi culpa. De Cézanne la religión, son la estrategia compasiva y la sordera vociferada en su marsupia, son su voz intacta en la noche de antifaces, son en un niño la peregrina idea de la muerte, estos colores son para cuando mi gen y los árboles plantados por mi sangre ya me hayan olvidado.

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La abstracción no es otra cosa que algo que alguien se figura.

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Empacó un puñado de tierra y vació el pueblo de sí. De su universo cambiado, de su traje sin puntadas aferrado a la baranda. Asimétrico e incendiado grita y tose, vuelca su vaso el distracto antebrazo.

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Como dijo la bugambilia: El día del ficus

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Fuera del cuadro un vecino se descubre tocayo de mi perro.
Tocayo de nombre y de apodo precisa su mujer.
Se llama Domingo y también le dicen Cabezón. Ambos ríen.
Fuera del cuadro ambos ríen.

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Un hombre negro se cruza en el camino de un gato.

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A veces en el horizonte aparecen unas líneas pardas que parecen ser tierra.
Pero en la medida en que se acercan su color cambia.
Y cuando ya debiera estar a punto de alcanzarlas
su color no es otro que el de todo el océano.

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Volver y encontrar el camino iluminado, el oro en la piel, unos amigos libres, el dragón a tus pies y tú montado en la bici.

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En el reverso de este guante que llenamos,
en la escalera desierta que escucha y cuenta los pasos del elevador.
Bajo una luz que únicamente puede ser la de esta hora simple, la que baña a los amigos ausentes, la del raudal de gaviotas risueñas y su sombra sobre nosotros, disparando esta vida sin blanco, anegando el río y la vertiente.
El cataclismo silba su melodía que nace, su solfeo a la sombra.
En las afueras de este instrumento de mecánica simple, cuajado de sal, nos contempla el paisaje.

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– mamá puedo subir?
– a fiesbuc?

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Aprovechó la hora en que todos escrutan su propio cielo, la hora rosa, y huyó del paraíso con hambre de hiena, con espanto de res.
Atravesó la estepa agazapado y jadeante, perdió la cuenta de sus pasos y el mapa que lo llevaría al cruce. Divisó animales, absorto contempló los pájaros innumerables bajo ese nuevo cielo. Rió de rodillas, silbó su canción de niño y se alejó de a poco, como los amigos en las fotos, como las sirenas y el espejismo dorado a sus espaldas.

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El número que vacila
la paz a deshoras
un oso bipolar.
Díaz y Flores andan juntos en terreno.
Enséñame a besar y escupe mi diente,
el bruto producto interno.
Todo lo que un árbol no puede ser
archiva las imágenes de mi último cuerpo
be your selfie.

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Es así que ha habido de ir el Pinacotecus por el camino,
con paquidermo afán entre escurridizas visiones como ardillas abisales hospedadas no en las cosas, sino en el espacio entre ellas y no siempre, o al menos eso le ha parecido al Pinacotecus. Son docenas, pero lento y encandilado el Pinacotecus solo las ve de vez en cuando, escapando siempre, divirtiéndose con él.
Hasta que un día de clima sin pronóstico y pronóstico sin clima una tropieza en su pie, aturdida retoma el brinco, pero el Pinacotecus la ha capturado y su destino es doloroso y fatal. Es entonces que el juego deja de serlo, es entonces que comienza el drama.

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Mi alterego me imita,
qué se habrá imaginado.

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Desadoquinado encontré el camino camino a tu casa.
Reprobaste mi tardanza y mis zapatos empolvados,
no quisiste escuchar mi defensa basada en un traspié inventado
y en el desadoquinado.

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Regazo amargo embiste la inmediata lejanía del poema.
Pierde el óseo referente, roe convulso el verso ajeno.
Excelso plagiador decorado en la tardanza llora en un cuarto de la casa vacía.
Obedece la dermis a un solo conocido esqueleto,
siameses gendarmes descosen de nuevo la unión del uniforme,
rompe la noche en un estrépito de fallas.

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Que las madres nos defiendan hasta el final.

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Trazado y menudo capea la razón y sus demandas.
Luce como el novio pobre en boda de ricos suspicaces,
compra con monedas que cuenta dos veces
guarda sin mirar el vuelto en el bolsillo de su pantalón de féretro, o de notario.      Camina y en las fachadas repasa de la risa a la peste.

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Aferrado a su ruina, aireado a la sombra del árbol muerto decide.
Colma, rapa, frota y sobrevive. Basta una vida para decidirse a matar, se escupe las manos, esténse quietas! reclama la errata del dibujo.

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No, me niego, ese papel verdoso y numerado, impreso en los subterráneos de tu propia mansión, ya no significa nada para mí. Ha dejado de representar poder para mí y para todos los de mi aldea. No tienes una gallina o una res?, pues entonces eres una persona extremadamente pobre. Te apetecen unas nueces?.

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Un quiltro huele mi mano y es una invitación a compartir la vida que nos queda.
A pesar de las piedras sobre sus mil razas se mueve seguro porque no tiene nada y su mirada roza mi alma con filo de papeles.
Algo lo distrae, la posibilidad de un mar? la luna es una piedra que sucumbe a cada charco, se aleja inextinguible, mortal y ligero.

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De la mejilla a espaldas cambia su presencia el argumento y la tilde.
El arrullo del mar no me deja dormir.
Vino de olor a los artistas metal fundido a los mecenas.
Irrumpen por rutina en el templo, bárbaros y papiones.
Es acogida la semilla, se superpone un orden semejante todavía vacío, translúcido que cimbra las quilas, alienta el musgo.
Absorto frente a la suma rumia su cereal
fascinado frente al fuego apostará las sienes.
¿No hay náufragos aún para la marea en el trigo?.

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Me gusta que los vecinos pisen caca. Caca de perro. De modo que voy por las calles con uno de ochenta kilos que come como es debido y defeca de igual manera. Cuando mi perro da lo mejor de sí, disfruto imaginándome al incauto que pisará distraído las excrecencias, las que dada su abundancia y consistencia y con un pisotón bien dado, pueden llegar a subirse al empeine del mocasín en invierno o a los dedos desnudos de una chala díscola en verano. Me gusta que los vecinos pisen caca y voy con mi perro sembrando el damero. Recuerdo un caso especialmente reconfortante. Una mujer le entró con todo a un enorme “chupe de locos” (naturalmente se han ido creando algunas categorías) que no tenía más de tres minutos. Resbaló de tal modo que comenzó a abrirse de piernas en un paso de danza totalmente ajeno a su cuerpo, el que no solo le subió las  faldas exponiendo sus carnes, sino que terminó por rajar el paño de la prenda justo en la costura con un sonido de madera. La mujer alcanzó a reaccionar antes de la elongación total tumbándose hacia un lado a la vez que apoyaba su mano derecha en las mismas heces en que había resbalado. A esa hora en el crepúsculo y desde el otro lado de la calle creo haberla visto llorar. Lo titulé el “Happy Hour”. La perseverancia y la creatividad le brinda a uno en esto algunas satisfacciones.

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Como aferrada a las maletas, como teñida en las chaquetas,
la distancia latente entre las personas en un aeropuerto persevera, se mantiene. Cual dérmico velo se instala, como un magnetismo invertido, como un adiós que abole el saludo.

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Coinciden en mi letra un lápiz y su alargada sombra de alba. Coincide también en ella un hombre. La  selva observa y es su ojo de agua el que rebalsa las cuencas, enjambra la marea, revela el calor y los émbolos. Cifrada se alza su voz de muerte en las orillas. Volveré y seré millones en el ojo de la mosca que camina mi carne.

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Llega a mi sangre negra y silente. Avisa su arribo con viento de trenes. Lanza y se abren con estrépito de linos sus colores contra el sol cansado. Vigila la parka en su silla. Corta cuadrados de papel y reparte venias en la entrada del baño y de la noche.
Bailamos.

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En el juego del decapitado se ha de ser de filo y madera honda.
En el juego del colgado se ha de ser de gravedad y soga.
En el tráfago de la colmena la reina está sola. Trabaja a oscuras como el corazón dentro del pecho y con bestial encono modela y lastra.
En el juego de la lanceta se ha de remover el cuerpo
el temblor en el corazón, el infarto en la mano y en los resuellos del cicuto fuelle se llamará a la suerte.

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Juntas en suma las fracturas, las masas, la dermis y el fragor,
las muescas que reclaman ser letras, letras que se pronuncian en su propia suma.
Al enterarse el oficial ha dejado de un salto ventanal el mullido cocktail, empuña una servilleta en la siniestra, adelanta sus carnes y clama sin ecos por su sangre y el vaho.
Todo se ha vuelto inflamable y yo porto en esta faja que me está matando bombas de fósforo, armas de metal denso y mi desesperanza es mucho peor que mi pecado.
Tañe el badajo en el pasillo en que agonizan los mariscos y vuelve furiosa la flor del percoladero a la ínfima totalidad de su belleza contestataria y muda.
Un rápido asalto en un local de comida violenta.

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Clama mi mano por su cuello simple. Rompe su timbre mi memoria de ciego. La casa está llena de extraños, los muebles son otros, la dicha y el amor no son los nuestros.
Pita el maquinista, bosteza el inspector. En nuestro asiento hay un anciano, no está la canasta ni las flores. Requiem de clavículas para una mujer con nube.

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Liberados todos lo animales.
Endogamia gerencial en las factorías desiertas.
Mezcla sustractiva en el subterráneo de la primavera.
Las primeras gotas sobre la ciudad del utópata.

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Alguien se ha peado en el ascensor y tu subes.
Recién he comido medio kilo de aceitunas negras y te sonrío.
Bajamos por el vientre del edificio en silencio,
envueltos en los gases de mi vecino anónimo.
Me preocupa que lo nuestro ya sea algo serio.

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En la mesa del lado una pareja rompe. Ella llora, él paga.
Dejan la mesa y un postre intocado.
Seré yo el llamado por la dulzura de antaño?

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De nuestro servicio de utilidad pública, se necesita con urgencia:
dos agitadores de sangre con baterías,
un hada insulsa,
una calle sin saliva,
lo que de tu cuerpo no se ve en la ecografía,
el sitio erial de la niñez.

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Hay cosas que no pueden ser escritas aquí. Ni menos leídas.
Hay cosas que no pueden ser expuestas a esta luz y sin factor.
Cosas que solo se conciben escondidas en un cuaderno o en el pliegue insondable de un libro. Letras impresas en tinta y que en su suma construyen palabras, que a su vez y en su propia suma construyen frases que no pueden ser escritas aquí, porque necesitan la embriaguez de amoniacos de una página olvidada, necesitan la improbable visita, la oscuridad que preserva, que admite lo impúdico, que se aleja a cada segundo.

21/03/14

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Bocinera. La  savia negra de la máquina en el suelo, el silencio a poco de la combustión.
Apagó sus luces, se enfrió sin apuro, pinchó por última vez.

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Viento y risa en la patria de la infancia, chocolate en la bandera y lo que era una fumada nos acompañó hasta la muerte. Hierba y amigos en el camino te presagio, noches y luz de postes y alambrada para el amor te deseo.
Olvida ahora mismo a tu amante, cuaja mi arresto, golpea con fuerza el eje y que mi cama ahora coincida con la tuya, que llueva por igual sobre los dos al mismo tiempo y guarecidos bajo el mismo paraguas.

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Despierto tarde y extrañado cuando soñaba con una caravana de nanas en el desierto. Todas en delantales blancos, con plumeros y paños naranjas, desoladoramente desocupadas más que sedientas o extraviadas.

19/05/14, Barfleur, Francia

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Aquí vamos madre los abrazados por tu ira, los expulsados del volcán, los feroces hijos de la oruga gestados en el rocío, los tercos muebles del ser. Los que hicimos del tiempo una barca alada sin remeros ni tambor, los niños sucios, todos los santos con lágrimas de tinta cantando un tema radial, con toda la sangre dentro, sumados no sin resta bajo esta luz que inventa, cada mañana y sin respiro, nuevamente las cosas.

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LA INMEDIATA LEJANÍA

En el texto fundacional de Amereida, Godofredo Iommi habla en una simple línea de “la inmediata lejanía del poema”. Esa condición distante que se instala y porta el verso, el poema y tantas veces el poeta. Hemos tomado este verso o más bien hemos sido tomados por él y su máxima implacable. Nos hemos eximido de la palabra poema. Porque los pintores no hablamos del poema, de lo poético, porque en una pintura hay demasiadas cosas dichas, tantas, que lo que al pintor se impone tras el acto de pintar es primordialmente el silencio, la escucha ciega hasta la próxima visión, la trashumancia hasta que la siguiente campanada riegue la luz sobre las cosas.                                        Todo lo demás pertenece al territorio de lo indecible, de la musa que duele, del amor, de aquello que el poeta materializa y que nosotros, los pintores, solo podemos inhalar y buscar con las manos llenas de tierra.                                                                                           La Inmediata Lejanía es pues, una mirada de pintores sobre un vasto territorio, que va desde el velador de la niña hasta el paisaje en su cuarentena de viento. Donde el horizonte puede caber en una botella y la masa fracturada puede colmar las coordenadas del mapa. Lo inmediato, lo lejano y viceversa. El paisaje de un delirio febril, las compresas y las madres allá tan lejos, chocolate en la bandera de la infancia, la pintura que calla y raspa subterránea tras la zancada aérea del poema.

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Un fracaso resuelto, una novia triste, un auto gol, un cómico irresoluto, una madrastra ausente, un paco rubio, un claustro aireado, una melancólica bestia, un cartero acusado de vagancia, una salsa de patadas, un paciente con prisa, una ceremonia y un vestido  incómodos, un enano lanzado, un vecino igual a mi mascota, sal en la comisura, este vicario lumbago.

París, 20 de julio 2014

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Espero que este resfrío no se vuelva viral.

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Acá abajo cada árbol es el fósil del esfuerzo original por llevarse el sol.
Acá abajo el bosque perpetra su sombra con rabia de negro.
Acá abajo te comí esa boca infame solos los dos en medio de todos.
Acá abajo el delicado disparo de la infancia que me vuela el habla y nos pone a tí y a mí de golpe tan serios, sordos en la lluvia que acá abajo es nuestra piel brillante de animales con lengua.

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Rodeado de todo lo vivo sembraremos su cuerpo que se enfría
tan colmado como para llevarse consigo mi vida hasta ese día.
Su condición animal que pidió sin voz ni razón mi amor me hace fuerte.
Atado a sus despojos seguiré con lo que me quede de suerte.
Dotado de su paciencia de bestia, con baba y sin credo.
Su olor en mi pelo, mi llaga en su dedo.

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la luz rozará mi alma con filo de papeles, seré sordo por fin e iré por ahí haciéndome de amigos. El mediodía será la hora del lugar y del saludo y el saludo podrá ser casi cualquier gesto y el lugar podrá ser casi cualquier parte. Nosotros los mismos seremos los de entonces y tendremos otra vez piezas de leche en la dentadura del alma.

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Sigo siendo culpable.  Culpable de casi todo lo que se me imputa. Hincho encías y gasto molares, hiero lenguas en un solo idioma. Trepo por la virtud de los hombres y caigo con estrépito de fallas. Soy el inventor de la  rueda cuando ya braman los autos, soy el observador de los pájaros cuando ya estallan las máquinas en el aire.
Hago la cama a las siete de la tarde para ser un buen vecino, para transitar por caminos y no hundirme en fangos. Lavo los platos de días aunque nadie los vea limpios antes de que vuelva a ensuciarlos, aspiro pisos y muebles aunque la más probable visita, vuelva  a ser el polvo.

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Esto es parece lo que íbamos a ser cuando grandes. El futuro ha llegado y se ha instalado en su poltrona a ver el fútbol, mi madre le grita desde el comedor, está servida la once. He tratado de emborracharme como en las películas por las calles del puerto y no he encontrado más que perros y pianos. La juventud me ha parecido zonza y bella, igual a la del joven que fui. Sobra una vida para ver cambiar el mundo o por lo menos para celebrar su fetesto. Vuelvo al retrato de esa chica que no debió haber muerto y a la que no alcancé a contestarle el mailTodo se reduce a un asunto de color y golpeo de nuevo a  la puerta de la casa vacía. Nacer de nuevo es el último anhelo de un hombre que inicia el camino de su propia isla y en la noche del decreto sólo habrá cuerpo implorante y la misericordia le será concedida. Eimén.

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Nunca fui muy fan de nada. Ser fan de algo requiere de un cierto esfuerzo y una iniciativa importantes y frente a eso soy una persona más bien floja. Lo más cercano que estuve a ser fan de algo fue de Sinnead O´Connor en los ochentas y tempranos noventas. La Sinid. A mis ojos y a mis veintitantos simplemente lo máximo. Era inconcebible, brutal y afilada, el más bello ser posible, la vanguardia encarnada en una chica de mi edad. La noche que cantó en el estadio nacional en el concierto de amnistía Internacional me separé de mis amigos, me perdí intencionadamente y comencé a avanzar hacia ella como atraído por su voz. Me abrí paso hasta el punto de entrar en un estado de temperatura uniforme, dotado de blandeces y durezas móviles, de espaldas y encías. Hasta que alcancé la valla de la primera fila. Fui escupido, parido, defecado en la primera fila por esta masa orgánica. cuando levanté la vista la vi, embelesada, siendo portada por su música, sobrepuesta, enconada en un ejercicio único, trastocada para ser dueña de su voz. Lejos de provocarme una exaltación hormonal, la visión de su frágil figura comparada con su propia guitarra, la mirada azul que la protegía de nosotros, el frío que adiviné en sus hombros, me hizo comprender que estaba frente a una de esas personas que encarnan en un momento el techo de la cultura, que simplemente corren el cerco y su forma y su ser se nos impone como un químico irrevocable. 
La contemplé extasiado, la multitud me exprimía contra la valla, la fuerza de la masa arrítmica puede ser mortal si la sincronía se da. Esperé dispuesto a morir, separé mi cuerpo de la valla con todas mis fuerzas “nazing compers tu yu!” le grité y me sambullí de vuelta en la gente.

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“Siempre fue considerado feo. Siendo un infante de meses incluso, desarrolló una alergia o rechazo a la leche materna que se manifestó como el enronchado púrpura general de su entonces llana cabecita. Las fotos de la época son un verdadero accidente. No es raro verle aparecer envuelto en blanquísimos pañales y el enrojecido gesto de su cara sarpullida exhibida en el centro como el dedo de un rehén sobre una mota de algodón. Hasta aproximadamente los diez años su fealdad no le significó trastorno alguno, o por lo menos nada que recordar y la primera vez que una compañera de curso abiertamente no lo eligió a él, sino que a Felipe Sepúlveda para compartir el libro de biología, le pareció derechamente un alivio. No le fue fácil reparar en su propio aspecto. Lo supo o comenzó a sospecharlo una tarde de Viernes Santo, durante una de esas jornadas frenéticas en el jardín infantil en busca de los huevos de chocolate. Por cierto, siempre odió a ese conejo evasivo, la capacidad de ocultarse en un anciano obeso, adicto al azúcar como el viejo pascuero, era digamos que meritoria, pero en un conejo siempre le pareció abusiva. Esa tarde otoñal la Bernardita, una chica linda y que aún no comenzaba con eso de vomitar a escondidas, encontró displicente el huevo madre. Realmente era un huevo enorme y resplandecía en su envoltorio dorado. Al verla, la señorita Mildred propuso:-“regálaselo a tu novio”- al tiempo que echaba sobre él una miradilla mordida. Lejos de avergonzarse, la una, se unió en un risotón corto y lapidario con la otra. Él simplemente partió al baño de niños, a constatar en el espejo lo que para ellas era sabido y añejo.”

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Tiño el aire imposible
la muerte redactada por la máquina
la pintura avergonzada
quién heredará mis clavos?
Sufren los hijos de los millonarios
la austeridad se desnuda en la suite del hotel
yacen sus ropas en el respaldo de la silla
y su mascota lo concibe muerto a un hemisferio de distancia
Resonga el verso
y con razón resonga
La caduca leche de sus nodrizas fue barrida
de los lustrosos pisos de la casa demolida.
Los gansos fueron muertos
los muertos fueron gansos
La ayahuasca, el manjar blanco, el tinto de verano
Els Quatre Gats,
el carrer de Diputació huele a sangre de toros en la esquina de Marina.
el pasajero ve King Kong mientras sobrevuela los senderos Diaguitas del altiplano.
Una azafata me coquetea
otra me odia.
Le coqueteo a la que me odia
odio a la que me coquetea,
abajo en el abismo comienzan las nieves.
Dicto mi testamento después de la señal
Los Andes
nada de esto cabe en una fotografía
hombres sin alas se ocupan de mi vuelo placentero
el avión gira hacia Santiago.
Abajo las humildes casas
de las humildes gentes
de la humilde nación,
la de la humilde fauna,
la de la humilde flora.

(Castro Ceñudo).

3-7-2006

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Negativo estricto en plumavit blande el estandarte del desecho. Salvaguarda de salva porta la huella de nuestra urgencia eléctrica, de nuestra sofisticada dermis, de nuestra desnaturalizada destreza.
Una vez cansados los hoteles que repitan ciegos el cataclismo y la herradura de Ipanema. Una vez lustrada la vereda de la samba en protector UV 60 para bebés.
Una vez mensuradas las montañas de toallas blancas vueltas a lavar a diario por cerros de detergente, que baña la libertad desbocada y el coral de la raza candente y esclava.
Todo lo visible pertenece a la tristeza. La alegría no se ve, es inmateria, incompuesta, inasible siempre en fuga, habita en los rabillos de todos los ojos, sólo somos inquilinos en el intento carnaval de su remedo.

 Rio de Janeiro, febrero 2009.

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Poco a poco me convierto en el ácido que derrota tu esmalte y corroe los anclajes de todos tus muelles. He acaparado todos los dones y he sabido divertirte con ellos en dosis que ya no puedes rechazar. Soy quien te ata y te libera. Te empalagas en mis gestos, flotas en cada vibración de mi timbre, te convenzo. Te hiero de muerte cuando quieres dejar la agonía. Tus heridas solo fraguan en mis sueños y yo jamás duermo. Te vuelvo a atar cubro tus ojos no sabes desde donde vendré ríes y lloras, despierto tus calores, tiemblas bajo mi cuerpo y has olvidado todas las lenguas, esperas llana mi herida perversa. Te someto a todas las bajezas, te venzo y abandono de nuevo, soy el ácido que derrota tu esmalte y corroe los anclajes de todos tus muelles.

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Lo conocí el año 2006, imberbe pintor debía retratar a un personaje de la sociedad cultural chilena y como no conocía a nadie lo llamé. Me contestó reticente, como siempre se le encontraba al principio. Fuimos al Venecia, a pasos de su casa en Bellavista en ese entonces.

Nos sentamos en la terraza y fui testigo de como, durante toda la noche, la gente lo saludaba, le decía cosas, a través de la reja que separaba las mesas de la calle lo besaban, en los labios, en las manos. Pedro despertaba una empatía universal con los de la calle, con los de a pie. Una devoción a la que desde aquella noche en el Venecia asistí innumerables veces y que era recíproca, él también los amaba.

En una ocasión paseaba yo a mi perro por los alrededores de la plaza Brasil, cuando lo veo sentado en un banco, rodeado de juventud que lo adoraba, le hacían preguntas, se divertían con él. Al verme los espantó con ademán de dama y los chicos huyeron como alegres palomas dejando un rastro de risas y tallas. Me dijo que estaba ahí por el lanzamiento de un diario en el galpón Víctor Jara, que lo habían invitado a hablar. De su bolso cruzado salían interminables las latas de Escudo y decidimos darnos una vuelta por la plaza para hacer hora antes del evento.

Mi perro, enorme y muy conocido en la plaza, era de por sí una atracción, de manera que el paseo a poco andar, se transformó en un verdadero suceso de gente que reconocía a Pedro y otros a Domingo, mi perro. Fue tanto, que en un momento decidí escapar del centro del revuelo y le pasé la correa a Pedro para que continuara él con el paseo. Sentado en el pasto vi a esta dupla sin igual avanzar con dificultad entre la gente que se les colgaba del cuello, los acariciaban, les sacaban fotos. Una verdadera procesión, la de una especie de santo pagano y su celador, aclamados y adorados bajo un cotillón de globos y niños. En un punto del trayecto una pareja de pacos se cruzaron frente a la turba y Pedro con voz de domador arengó a Domingo: “ataca, ataca!”, el que por su parte lo miró con extrañeza tratando de descifrar esta orden que no había escuchado en su vida. La gente estalló en una celebración de risa y aplausos.

Esa noche el galpón estaba lleno, no terminábamos de entrar cuando perdí de vista a Pedro. Me dejó el bolso de las Escudos ya casi vacío, y se fundió en la multitud. Al rato un llamado desde el escenario da la bienvenida y anuncia la presencia del gran escritor Pedro Lemebel, quien dirigirá unas palabras. Habíamos tomado bastante y Pedro se instaló sonriente y balbuceante frente al micrófono. La gente a mi alrededor empezó a comentar, a reírse, no se entendió ni una palabra de lo que dijo en medio de ataques de risa que no podía controlar. El aplauso fue estruendoso, todos querían estar cerca suyo, nadie necesitaba que Pedro dijera nada, nos bastaba con verlo feliz y coqueto como una chiquilla y éramos felices todos. Bajó como pudo del escenario, pero no llegó a pisar el suelo, la gente, entre ayudándolo y acariciándolo, lo alzó en andas y comenzó a trasladarlo por sobre las cabezas de todos, como el vocalista de la banda que se lanza sobre sus fans. En un momento de este traslado catártico, pasó cerca mío, me encaramé entre los devotos y le colgué el bolso al cuello, sabiendo que probablemente no lo volvería a ver esa noche. Cuando estuve a su lado me tomó por el hombro y me dijo al oído: “me siento solo.”

Si algo era comparable a sus crónicas, eran las mismas historias, pero contadas por el propio Pedro. Oírlo era un deleite, la sagacidad de sus ojos que parecían ciegos y lo veían todo, el humor brillante, la belleza y la rabia en un enlace hipnótico. Por eso cuando hubo de operarse y ya no podía hablar sino a través de ese orificio bajo la garganta, temí que esas historias menguaran, que esa oralidad que Pedro repartía genial se extinguiera. Él zanjó mi temor: “por fin tengo vagina niño, pero me la pusieron muy arriba!”.

La noche que lo conocí y que hicimos una sesión larga en la que Lemebel posó para mi retrato, llevé conmigo un secador de pelo, sin saber muy bien si lo usaríamos o no. Al verlo corrió entusiasmado a un baúl y sacó una especie de malla negra con brillos que se puso en la cabeza, “soy Juana de Arco” me dijo.

Esta mañana recuerdo los altares a su madre que hubo en cada una de sus casas. La elegante precariedad de cada rincón, la iluminación tenue que dignificaba su dolor, su añorada Gladys.

Esta mañana ha partido y hemos quedado todos atados a sus despojos, como escribiera en el cemento que cubrió a su madre. Esta mañana hemos quedado como él, huérfanos de madre, todos los que, como me dedicara en un libro un día, vamos por la vida con una antorcha en el corazón.

Santiago, 23 de enero 2015

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La viuda del dictador ha sido internada por un cuadro respiratorio.
Dos esbirros crispados flanquean la puerta. Las hijas y las nueras entran y salen
parapetadas en enormes teléfonos y en una impostura de preocupación que esconde el íntimo deseo de que la madre se muera. De que se lleve su lastre fétido de unos años enrojecidos, cuando en la alcoba decidía sobre la vida o la muerte de personas sin labios, sin dientes, sin comisuras. Para luego probarse sombreros de ala y tener que decidir de nuevo, entre uno u otro para ir al club.
La viuda del dictador convalece entre seguidores manchados. Todos se enlodan y todo lo enlodan con su presencia. Todos tras su afectación gastada quieren que se muera. Que estire la pata, que entregue el equipo. Incluida ella, que lleva ese nombre luminoso que empaña y vulgariza, ella, que sabe lo que la historia dijo al final y hubiese querido no llegar hasta acá para escucharlo.
La viuda convalece y vuelve a odiar al dictador, a ese huaso sin clase que nunca estuvo a su altura y que debió haberlos matado a todos, y no haberse ido al infierno así tan cómodo.