Escritas

-¿ aló?,si, señorita, el señor Costabal?, mire soy Jav…, si, yo lo estuve llamando ayer,     …ah tiene su línea ocupada, bueno lo espero_
La hipocresía se viste de diversas maneras, pero la musiquita como tono de espera telefónica es una de las más…
-ah!, si, sigue con la línea ocupada, bueno lo llamo en diez minutos gracias._

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A razón de péndulo y náutica precisión me pierdo. Sin consejo y sin espónsor, contra el viento y la pared me pierdo. Por seguir al guía turístico, en un salto temerario, remolcado yo me pierdo. Esa tarde tú nombrándome sin guitarra en un acuerde, expulsado del volcán, tumbado y cubierto de insectos yo me pierdo. Sobrepájaros como adjetivo, tentado por el filamento, en tres cuotas ardiendo los dos, piropeado, reversible yo me pierdo.

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La aspiradora de mi vecina trabaja todos los días a la misma hora desde hace seis años.
Entiendo que para una aspiradora ese régimen puede ser el equivalente a la excelencia, a la máxima realización, realización como electrodoméstico digamos. Pero y mi vecina?, no aspirará ella a otra cosa?.

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Un Tordo le roba en el balcón la comida a mi perro. Sistemático su filo corta el aire óptimo. Ahorra energías incluso en la huída y desaparece en un altivo destello.

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En el reino de la abundancia no hay viento para el molino y la tabla de planchar no tiene plancha.

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Celaje.

En tu dominio arrastro mis pieles y escondo mi hueso.
Bajo tu sombra crece un pasto extraño.
En tu recuerdo entro pálido y vacilante.
Tu ballesta y tu mangual se enfrían en el altillo.

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Estos colores son el pasado que convierte mi sustancia, son la vejez de todo lo naciente, son el eco heráldico en la madera de los martillos. Estos colores son el valor minúsculo de la savia ascendente, son el calor de Aragó, los golpes en la puerta de la casa vacía, la derrota de mis dientes a manos de mi acidez. Estos colores son el recuerdo del amor en mitad de la batalla y desde la ventana del avión un estrellado huevo de lava.
Estos colores son también mi culpa. De Cézanne la religión, son la estrategia compasiva y la sordera vociferada en su marsupia, son su voz intacta en la noche de antifaces, son en un niño la peregrina idea de la muerte, estos colores son para cuando mi gen y los árboles plantados por mi sangre ya me hayan olvidado.

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La abstracción no es otra cosa que algo que alguien se figura.

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Empacó un puñado de tierra y vació el pueblo de sí.
De su universo cambiado, de su traje sin puntadas aferrado a la baranda.
Asimétrico e incendiado grita y tose. Dedica su vida a intentar comprender.
Una vez ignorado vuelca su vaso el distracto antebrazo.

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Como dijo la bugambilia: El día del ficus

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Fuera del cuadro un vecino se descubre tocayo de mi perro.
Tocayo de nombre y de apodo precisa su mujer.
Se llama Domingo y también le dicen Cabezón. Ambos ríen.
Fuera del cuadro ambos ríen.

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Un hombre negro se cruza en el camino de un gato.

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A veces en el horizonte aparecen unas líneas pardas que parecen ser tierra.
Pero en la medida en que se acercan su color cambia.
Y cuando ya debiera estar a punto de alcanzarlas
su color no es otro que el de todo el océano.

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Volver y encontrar el camino iluminado, el oro en la piel, unos amigos libres, el dragón a tus pies y tú montado en la bici.

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En el reverso de este guante que llenamos,
en la escalera desierta que escucha y cuenta los pasos del elevador.
Bajo una luz que únicamente puede ser la de esta hora simple, la que baña a los amigos ausentes, la del raudal de gaviotas risueñas y su sombra sobre nosotros, disparando esta vida sin blanco, anegando el río y la vertiente.
El cataclismo silba su melodía que nace, su solfeo a la sombra.
En las afueras de este instrumento de mecánica simple, cuajado de sal,
nos contempla el paisaje.

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– mamá puedo subir?
– a fiesbuc?

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Aprovechó la hora en que todos escrutan su propio cielo, la hora rosa,
y huyó del paraíso con hambre de hiena, con espanto de res.
Atravesó la estepa agazapado y jadeante. Perdió la cuenta de sus pasos y el mapa que lo llevaría al cruce. Divisó animales, absorto contempló los pájaros innumerables bajo ese nuevo cielo. Rió de rodillas, a veces tan cerca el futuro, silbó su canción de niño y se alejó de a poco, como los amigos en las fotos, como las sirenas y el espejismo dorado a sus espaldas.

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El número que vacila
la paz a deshoras
un oso bipolar.
Díaz y Flores andan juntos en terreno.

Enséñame a besar y escupe mi diente,
el bruto producto interno.

Todo lo que un árbol no puede ser
archiva las imágenes de mi último cuerpo
be your selfie.

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Es así que ha habido de ir el Pinacotecus por el camino,
con paquidermo afán entre escurridizas visiones como ardillas abisales
hospedadas no en las cosas, sino en el espacio entre ellas y no siempre,
o al menos eso le ha parecido al Pinacotecus.
Son docenas, pero lento y encandilado el Pinacotecus solo las ve de vez en cuando,
escapando siempre, divirtiéndose con él.
Hasta que un día de clima sin pronóstico y pronóstico sin clima una tropieza en su pie,
aturdida retoma el brinco, pero el Pinacotecus la ha capturado y su destino es doloroso y fatal.
Es entonces que el juego deja de serlo, es entonces que comienza el drama.

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Mi alterego me imita,
qué se habrá imaginado.

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Desadoquinado encontré el camino camino a tu casa.
Reprobaste mi tardanza y mis zapatos empolvados,
no quisiste escuchar mi defensa basada en un traspié inventado
y en el desadoquinado.

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Regazo amargo embiste la inmediata lejanía del poema
Pierde el óseo referente, roe convulso el verso ajeno irrevocable,
excelso plagiador decorado en la tardanza llora en un cuarto de la casa vacía.
Obedece la dermis a un solo conocido esqueleto,
siameses gendarmes descosen de nuevo la unión del uniforme,
rompe la noche en un estrépito de fallas.

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Que las madres nos defiendan hasta el final!

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Trazado y menudo capea la razón y sus demandas.
Luce como el novio pobre en boda de ricos suspicaces,
compra con monedas que cuenta tres veces
guarda sin mirar el vuelto en el bolsillo de su pantalón de féretro, o de notario.
Camina y en las fachadas repasa de la risa a la peste.

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Aferrado a su ruina, aireado a la sombra del árbol muerto decide.
Colma, rapa, frota y sobrevive. Basta una vida para decidirse a matar, se escupe las manos, esténse quietas! reclama la errata del dibujo.

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Me gusta que los vecinos pisen caca. Caca de perro. De modo que voy por las calles con uno de ochenta kilos que come como es debido y defeca de igual manera. Cuando mi perro da lo mejor de sí, disfruto imaginándome al incauto que pisará distraído las excrecencias, las que dada su abundancia y consistencia y con un pisotón bien dado, pueden llegar a subirse al empeine del mocasín en invierno o a los dedos desnudos de una chala díscola en verano. Me gusta que los vecinos pisen caca y voy con mi perro sembrando el damero.

Recuerdo un caso especialmente reconfortante. Una mujer le entró con todo a un enorme “chupe de locos” (naturalmente se han ido creando algunas categorías) que no tenía más de tres minutos. Resbaló de tal modo que comenzó a abrirse de piernas en un paso de danza totalmente ajeno a su cuerpo, el que no solo le subió las  faldas exponiendo sus carnes, sino que terminó por rajar el paño de la prenda justo en la costura con un sonido de madera. La mujer alcanzó a reaccionar antes de la elongación total tumbándose hacia un lado a la vez que apoyaba su mano derecha en las mismas heces en que había resbalado. A esa hora en el crepúsculo y desde el otro lado de la calle creo haberla visto llorar. Lo titulé el “Happy Hour”. La perseverancia y la creatividad le brinda a uno en esto algunas satisfacciones.

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Como aferrada a las maletas, como teñida en las chaquetas,
la distancia latente entre las personas en un aeropuerto persevera, se mantiene.
Cual dérmico velo se instala, como un magnetismo invertido,
como un adiós que abole el saludo.

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Coinciden en mi letra un lápiz y su alargada sombra de alba. Coincide también en ella un hombre.
La  selva observa y es su ojo de agua el que rebalsa las cuencas, enjambra la marea, revela el calor y los émbolos. Cifrada se alza su voz de muerte en las orillas. Volveré y seré millones en el ojo de la mosca que camina mi carne.

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Llega a mi sangre negra y silente. Avisa su arribo con viento de trenes.
Lanza y se abren con estrépito de linos sus colores contra el sol cansado.
Vigila la parka en su silla. Corta cuadrados de papel y reparte venias
en la entrada del baño y de la noche.
Bailamos.

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En el juego del decapitado se ha de ser de filos y madera honda.
En el juego del colgado se ha de ser de gravedad y soga.
En el tráfago de la colmena la reina está sola.
Trabaja a oscuras como el corazón dentro del pecho
y con bestial encono modela y lastra.
En el juego de la lanceta se ha de remover el cuerpo
el temblor en el corazón, el infarto en la mano.
En los resuellos del cicuto fuelle se llamará a la suerte.

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Juntas en suma las fracturas, las masas, la dermis y el fragor,
las muescas que reclaman ser letras,
letras que se pronuncian en su propia suma.
Al enterarse el oficial ha dejado de un salto ventanal el mullido cocktail,
empuña una servilleta en la siniestra, adelanta sus carnes y clama sin ecos por su sangre y el vaho.
Todo se ha vuelto inflamable y yo porto en esta faja que me está matando bombas de fósforo, armas de metal denso y mi desesperanza es mucho peor que mi pecado.
Tañe el badajo en el pasillo en que agonizan los mariscos y vuelve furiosa la flor del percoladero a la ínfima totalidad de su belleza contestataria y muda.
Un rápido asalto en un local de comida violenta.

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Clama mi mano por su cuello simple. Rompe su timbre mi memoria de ciego.
La casa está llena de extraños, los muebles son otros, la dicha y el amor no son los nuestros.
Pita el maquinista, bosteza el inspector. En nuestro asiento hay un anciano, no está la canasta ni las flores. Requiem de clavículas para una mujer con nube.

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Liberados todos lo animales.
Endogamia gerencial en las factorías desiertas.
Mezcla sustractiva en el subterráneo de la primavera.
Las primeras gotas sobre la ciudad del utópata.

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Alguien se ha peado en el ascensor y tu subes.
Recién he comido medio kilo de aceitunas negras y te sonrío.
Bajamos por el vientre del edificio en silencio,
envueltos en los gases de mi vecino anónimo.
Me preocupa que lo nuestro ya sea algo serio.

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En la mesa del lado una pareja rompe. Ella llora, él paga.
Dejan la mesa y un postre intocado.
Seré yo el llamado por la dulzura de antaño?

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De nuestro servicio de utilidad pública, se necesita con urgencia:
dos agitadores de sangre con baterías,
un hada insulsa,
una calle sin saliva,
lo que de tu cuerpo no se ve en la ecografía,
el sitio erial de la niñez.

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Hay cosas que no pueden ser escritas aquí. Ni menos leídas.
Hay cosas que no pueden ser expuestas a esta luz y sin factor.
Cosas que solo se conciben escondidas en un cuaderno o en el pliegue insondable de un libro. Letras impresas en tinta y que en su suma construyen palabras, que a su vez y en su propia suma construyen frases que no pueden ser escritas aquí, porque necesitan la embriaguez de amoniacos de una página olvidada, necesitan la improbable visita, la oscuridad que preserva, que admite lo impúdico, que se aleja a cada segundo.

21/03/14

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Bocinera. La  savia negra de la máquina en el suelo, el silencio a poco de la combustión.
Apagó sus luces, se enfrió sin apuro, pinchó por última vez.

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Viento y risa en la patria de la infancia, chocolate en la bandera y lo que era una fumada nos acompañó hasta la muerte. Hierba y amigos en el camino te presagio, noches y luz de postes y alambrada para el amor te deseo.
Olvida ahora mismo a tu amante, cuaja mi arresto, golpea con fuerza el eje y que mi cama ahora coincida con la tuya, que llueva por igual sobre los dos al mismo tiempo y guarecidos bajo el mismo paraguas.

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Despierto tarde y extrañado cuando soñaba con una caravana de nanas en el desierto. Todas en delantales blancos, con plumeros y paños naranjas, desoladoramente desocupadas más que sedientas o extraviadas.

19/05/14, Barfleur, Francia

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Aquí vamos madre los abrazados por tu ira, los expulsados del volcán, los feroces hijos de la oruga gestados en el rocío, los tercos muebles del ser. Los que hicimos del tiempo una barca alada sin remeros ni tambor, los niños sucios, todos los santos con lágrimas de tinta cantando un tema radial, con toda la sangre dentro, sumados no sin resta bajo esta luz que inventa cada mañana y sin respiro, nuevamente las cosas.

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Un fracaso resuelto, una novia triste, un auto gol, un cómico irresoluto, una madrastra ausente, un paco rubio, un claustro aireado, una melancólica bestia, un cartero acusado de vagancia, una salsa de patadas, un paciente con prisa, una ceremonia y un vestido  incómodos, un enano lanzado, un vecino igual a mi mascota, sal en la comisura, este vicario lumbago.

París, 20 de julio 2014

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Espero que este resfrío no se vuelva viral.

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Acá abajo cada árbol es el fósil del esfuerzo original por llevarse el sol.
Acá abajo el bosque perpetra su sombra con rabia de negro.
Acá abajo te comí esa boca infame solos los dos en medio de todos.
Acá abajo el delicado disparo de la infancia que me vuela el habla y nos pone a ti y a mi de golpe
tan serios, sordos en la lluvia que acá abajo es nuestra piel brillante de animales con lengua.

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Rodeado de todo lo vivo sembraremos su cuerpo que se enfría
tan colmado como para llevarse consigo mi vida hasta ese día.
Su condición animal que pidió sin voz ni razón mi amor me hace fuerte.
Atado a sus despojos seguiré con lo que me quede de suerte.
Dotado de su paciencia de bestia, con baba y sin credo.
Su olor en mi pelo, mi llaga en su dedo.

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la luz rozará mi alma con filo de papeles, seré sordo por fin e iré por ahí haciéndome de amigos.        El mediodía será la hora del lugar y del saludo y el saludo podrá ser casi cualquier gesto y el lugar podrá ser casi cualquier parte. Nosotros los mismos seremos los de entonces y tendremos otra vez piezas de leche en la dentadura del alma.

Me gusta que los vecinos pisen caca. Caca de perro. De modo que voy por las calles con uno de ochenta kilos que come como es debido y defeca de igual manera. Cuando mi perro da lo mejor de sí, disfruto imaginándome al incauto que pisará distraído las excrecencias, las que dada su abundancia y consistencia y con un pisotón bien dado, pueden llegar a subirse al empeine del mocasín en invierno o a los dedos desnudos de una chala en verano. Me gusta que los vecinos pisen caca y voy con mi perro sembrando el damero.

Recuerdo un caso especialmente reconfortante. Una mujer le entró con todo a un enorme “chupe de locos” (naturalmente se han ido creando algunas categorías) que no tenía más de tres minutos. Resbaló de tal modo que se comenzó a abrir de piernas en un paso de danza totalmente ajeno a su cuerpo, el que no solo le subió las  faldas exponiendo sus carnes, sino que terminó por rajar el paño de la prenda justo en la costura con un sonido de madera. La mujer alcanzó a reaccionar antes de la elongación total tumbándose hacia un lado a la vez que apoyaba su mano derecha en las mismas heces en que había resbalado. A esa hora en el crepúsculo y desde el otro lado de la calle creo haberla visto llorar. Lo titulé el “Happy Hour”. La perseverancia y la creatividad le brinda a uno en esto algunas satisfacciones.

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Lo conocí el año 2006, imberbe pintor debía retratar a un personaje de la sociedad cultural chilena y como no conocía a nadie lo llamé. Me contestó reticente, como siempre se le encontraba al principio. Fuimos al Venecia, a pasos de su casa en Bellavista en ese entonces.

Nos sentamos en la terraza y fui testigo de como, durante toda la noche, la gente lo saludaba, le decía cosas, a través de la reja que separaba las mesas de la calle lo besaban, en los labios, en las manos. Pedro despertaba una empatía universal con los de la calle, con los de a pie. Una devoción a la que desde aquella noche en el Venecia asistí innumerables veces y que era recíproca, él también los amaba.

En una ocasión paseaba yo a mi perro por los alrededores de la plaza Brasil, cuando lo veo sentado en un banco, rodeado de juventud que lo adoraba, le hacían preguntas, se divertían con él. Al verme los espantó con ademán de dama y los chicos huyeron como alegres palomas dejando un rastro de risas y tallas. Me dijo que estaba ahí por el lanzamiento de un diario en el galpón Víctor Jara, que lo habían invitado a hablar. De su bolso cruzado salían interminables las latas de Escudo y decidimos darnos una vuelta por la plaza para hacer hora antes del evento.

Mi perro, enorme y muy conocido en la plaza, era de por sí una atracción, de manera que el paseo a poco andar, se transformó en un verdadero suceso de gente que reconocía a Pedro y otros a Domingo, mi perro. Fue tanto, que en un momento decidí escapar del centro del revuelo y le pasé la correa a Pedro para que continuara él con el paseo. Sentado en el pasto vi a esta dupla sin igual avanzar con dificultad entre la gente que se les colgaba del cuello, los acariciaban, les sacaban fotos. Una verdadera procesión, la de una especie de santo pagano y su celador, aclamados y adorados bajo un cotillón de globos y niños. En un punto del trayecto una pareja de pacos se cruzaron frente a la turba y Pedro con voz de domador arengó a Domingo: “ataca, ataca!”, el que por su parte lo miró con extrañeza tratando de descifrar esta orden que no había escuchado en su vida. La gente estalló en una celebración de risa y aplausos.

Esa noche el galpón estaba lleno, no terminábamos de entrar cuando perdí de vista a Pedro. Me dejó el bolso de las Escudos ya casi vacío, y se fundió en la multitud. Al rato un llamado desde el escenario da la bienvenida y anuncia la presencia del gran escritor Pedro Lemebel, quien dirigirá unas palabras. Habíamos tomado bastante y Pedro se instaló sonriente y balbuceante frente al micrófono. La gente a mi alrededor empezó a comentar, a reírse, no se entendió ni una palabra de lo que dijo en medio de ataques de risa que no podía controlar. El aplauso fue estruendoso, todos querían estar cerca suyo, nadie necesitaba que Pedro dijera nada, nos bastaba con verlo feliz y coqueto como una chiquilla y éramos felices todos. Bajó como pudo del escenario, pero no llegó a pisar el suelo, la gente, entre ayudándolo y acariciándolo, lo alzó en andas y comenzó a trasladarlo por sobre las cabezas de todos, como el vocalista de la banda que se lanza sobre sus fans. En un momento de este traslado catártico, pasó cerca mío, me encaramé entre los devotos y le colgué el bolso al cuello, sabiendo que probablemente no lo volvería a ver esa noche. Cuando estuve a su lado me tomó por el hombro y me dijo al oído: “me siento solo.”

Si algo era comparable a sus crónicas, eran las mismas historias, pero contadas por el propio Pedro. Oírlo era un deleite, la sagacidad de sus ojos que parecían ciegos y lo veían todo, el humor brillante, la belleza y la rabia en un enlace hipnótico. Por eso cuando hubo de operarse y ya no podía hablar sino a través de ese orificio bajo la garganta, temí que esas historias menguaran, que esa oralidad que Pedro repartía genial se extinguiera. Él zanjó mi temor: “por fin tengo vagina niño, pero me la pusieron muy arriba!”.

La noche que lo conocí y que hicimos una sesión larga en la que Lemebel posó para mi retrato, llevé conmigo un secador de pelo, sin saber muy bien si lo usaríamos o no. Al verlo corrió entusiasmado a un baúl y sacó una especie de malla negra con brillos que se puso en la cabeza, “soy Juana de Arco” me dijo.

Esta mañana recuerdo los altares a su madre que hubo en cada una de sus casas. La elegante precariedad de cada rincón, la iluminación tenue que dignificaba su dolor, su añorada Gladys.

Esta mañana ha partido y hemos quedado todos atados a sus despojos, como escribiera en el cemento que cubrió a su madre. Esta mañana hemos quedado como él, huérfanos de madre, todos los que, como me dedicara en un libro un día, vamos por la vida con una antorcha en el corazón.

Santiago, 23 de enero 2015